domingo, 14 de junio de 2015

Meditaciones del Quijote

Sancho contempla las piruetas penitenciales de Don Quijote
Ilustración de Gustave Doré

Sorprende el fuerte nervio poético de esta obra de Ortega de 1914, famosa sobre todo porque en ella aparece por primera vez la fórmula: "yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo". La sentencia continúa así:

"Benefac loco illi quo natus est, leemos en la Biblia. Y en la escuela platónica se nos da como empresa de toda cultura, ésta: 'salvar las apariencias', los fenómenos. Es decir, buscar el sentido de lo que nos rodea"

Su discípula, María Zambrano, ratificaría esta misión platónica de "salvar las apariencias", como propia de la razón poética y de su filosofía.


Extrañan en esta obra de Ortega las referencias teológicas, especialmente, porque el Ortega posterior no se ocupó gran cosa  de lo sagrado, ni tuvo sensibilidad para lo religioso, al contrario que su discípula antes mencionada. En la misma página de la cita anterior (322, Obras Completas I, Alianza, 1983), refiriéndose a la importancia de lo pequeño y cotidiano, Ortega afirma:

"no hay cosa en el orbe por donde no pase algún nervio divino: la dificultad estriba en llegar hasta él y hacer que se contraiga. A los amigos que vacilan a entrar a la cocina donde se encuentra, grita Heráclito: '¡Entrad, entrad! También aquí hay dioses'. Goethe escribe a Jacobi en una de sus excursiones botánico-geológicas: 'Heme aquí subiendo y bajando cerros y buscando lo divino in herbis et lapidibus'. Se cuenta de Rousseau que herborizaba en la jaula de su canario, y Fabre, quien lo refiere, escribe un libro sobre los animalillos que habitaban en las patas de su mesa de escribir."

Si el quehacer ético de la vida es apropiarse la circunstancia que el destino o la suerte nos deparan, absorberla, adaptarla a la íntima querencia y vocación, la salvación está también en lo cotidiano, en lo menudo, en lo pequeño. Un poco más adelante, Ortega cuenta la fábula de quien, desesperado, fue a ahorcarse a un árbol, y cuando se echaba la cuerda al cuello, sintió el aroma de una rosa al pie del tronco y ya no se ahorcó.

La tesis de Ortega recuerda también el "Dios entre fogones" de la santa de Ávila, Teresa de Jesús, cuya autobiografía fue decisiva en la conversión de la filósofa Edith Stein, la cual, desde la fenomenología, reflexionó pionera sobre la importancia de la empatía y de la "causalidad sentiente".

Es oportuno citar este año 2015 a la mística española, pues se cumple el quinientos aniversario de su nacimiento. Diré que nada tiene que ver la afirmación de la santa con esa idolatría actual que hace de la culinaria un arte mayor rindiendo culto exagerado al dios menor de las cazuelas y enriqueciendo a sus sacerdotes de guía Michelín.

En 1973 el economista de origen alemán E. F. Shumacher publicó Lo pequeño es hermoso (Small is Beautiful), obra que se encuentra entre los 100 libros más influyentes publicados después de la Segunda Guerra Mundial. En este importante libro -tan recomendado por Luis Racionero-, Schumacher propone una nueva educación que otorgue valor a la metafísica, esto es, a la clarificación de nuestras convicciones fundamentales, así como al uso de "tecnologías intermedias" respetuosas con el medio ambiente y que ayuden a los países del tercer mundo a salir de la pobreza.

Las Meditaciones del Quijote hablan poco del Quijote, pero a cambio nos regalan importantes argumentos y comparaciones. La obra contiene:

- sugestivas reflexiones sobre el amor y el odio. La filosofía -define Ortega- es "ciencia general del amor", donde amor es ese eros que Platón describía como un ímpetu que lleva a enlazar las cosas entre sí: pasión de la síntesis.

- una aguda crítica de la rigidez moral de los españoles, a favor de la tolerancia:

"No me obliguéis a ser sólo español... No metáis en mis entrañas guerras civiles... Yo aspiro a poner paz entre mis hombres interiores y los empujo hacia la colaboración" (o.c. 357). 

- una exposición magistral de la relevancia de conceptos e ideas para dar sentido a la circunstancia, pero que no olvida el limitado papel funcional de la razón, que debe radicarse en las perentorias necesidades de la vida. "La razón no puede, no tiene que aspirar a sustituir a la vida". "Muy lejos nos sentimos hoy del dogma hegeliano, que hace del pensamiento substancia ultima de toda realidad".

- Ortega opone lo profundo de las ideas, a lo latente de las circunstancias. "El mundo profundo es tan claro como el superficial, sólo que exige más de nosotros". La profundidad de algo es lo que hay en ello de reflejo de lo demás, de alusión a lo demás, su sentido.

- El autor discute la distinción entre cultura germánica y mediterránea. Se refiere al importante papel precursor de Grecia y al despertar moderno de aquellas ideas "bajo los cráneos [germánicos] de Galileo, Descartes, Leibniz y Kant".

- Una aclaración de las relaciones entre cultura y vida:

"toda labor de cultura es una interpretación -esclarecimiento, explicación, exégesis- de la vida. La vida es el texto eterno, la retama ardiendo al borde del camino donde Dios da sus voces. La cultura -arte o ciencia o política- es el comentario, es aquel modo de la vida en que, refractándose ésta dentro de sí misma, adquiere pulimento y ordenación".

Gracias a las ideas, la vida adquiere plenitud, claridad. Miramos con los conceptos. Ortega interpreta la Idea de Platón como punto de vista (o. c. 358) en un anticipo de lo que será su doctrina perspectivista.

- Una reflexión sobre la misión esclarecedora, luciferina, de la obra de arte, cuyo tema es siempre el hombre, "las vertientes cardinales de lo humano". En la interpretación orteguiana de los géneros literarios, estos son temas radicales, irreductibles entre sí, verdaderas categorías estéticas.

Ilustración de Gustave Doré


Para Ortega, Don Quijote es dos cosas: un libro y un personaje. Y él investiga el quijotismo del libro, no tanto el del personaje. Cervantes, esa plenitud española, es un campeón del visualismo impresionista mediterráneo, pero "no existe libro alguno cuyo poder de alusiones simbólicas al sentido universal de la vida sea tan grande".

Frente a la inverosimilitud de la literatura ética o fantástica, el Quijote es verosímil. Y es que lo que importa en la novela moderna, género que Cervantes inaugura, no son los personajes, insignificantes, vulgares..., sino su representación por el autor, es la perspectiva del autor lo que logra interesarnos. Es el modo de contar y no lo que se cuenta, lo que en la novela más importa.

La épica trata de un pasado ideal, ese mundo de Aquiles y Ulises no tiene comunicación con nuestra existencia y no es nuestro pasado. Esta esencial lejanía de lo legendario libra a los objetos épicos de la corrupción. Como decía Salustio, estas cosas que no sucedieron son para siempre. La épica es siempre arcaizante, algo viejo, sacramental y rudo. Trata del ἀρχή, de los arcanos, de las cosas que sucedieron primero (principios y causas), únicas sagradas. La épica anida en el útero mítico, por eso nos arranca de la realidad cotidiana, premitiéndonos que nos evadamos de los problemas y miserias de la realidad hacia los reinos de Fantasía.

Sin embargo, al contrario que la épica, la novela trata de la actualidad. Los personajes de la novela son típicos y extrapoéticos, se toman, no del mundo mítico, sino del mundo físico y real vivido por el autor y el lector. La novela juega con ilusión de la apariencia real, en lugar de con las ilusiones de la fantasía.

El Quijote es una burla de los libros de caballerías, esa literatura de evasión, en la que el material histórico, como en la antigua novela griega, es dislocado y reabsorbido por el mito. Caballerías quiere decir aventuras, el último gran retoñar del viejo tronco épico (Ortega pasa aquí por alto la ciencia ficción y sus amazing stories, que no se había desarrollado tanto como hoy mientras él escribe).

Si la épica cuenta historias inverosímiles, asombrosas, increíbles, o sea, patrañas; la novela describe. Las épica cuenta lo que pasó; la novela describe lo que sucede. La aventura quiebra el opresor cristal de la realidad, nos permite escapar al peso grave de la existencia. En la novela, el plano imaginario pasa a un segundo plano y el arte se enriquece con un término más. En el Quijote, ambos mundos se cortan, el imaginario y el real, el poético y el cotidiano. Don Quijote es una naturaleza fronteriza, como lo es, según Platón (y según Eugenio Trías), la naturaleza del hombre. Pues,

"aunque la novela realista haya nacido como oposición a la llamada novela imaginaria, lleva dentro de sí infartada la aventura".

En el nuevo orden de cosas, renacentista y racional, las aventuras maravillosas, la magia milagrosa resultan imposibles. Lebniz declarará que la simple posibilidad carece de vigor, pues sólo es posible lo compossibile, es decir lo que se hace en estrecha conexión con las leyes naturales. Los molinos son molinos y no pueden componerse en gigantes, por mucha voluntad de aventura que Don Quijote exhiba. Además, el renacimiento ha descubierto la intimidad psicológica, el me ipsum: la conciencia, el cogito, lo subjetivo. Cervantes mismo (Ortega no lo anota) reconoció su deuda con el fundador de la psicología aplicada, el genial médico Juan Huarte de San Juan y su Examen de ingenios..., publicado en Baeza en 1575Así que la realidad de la aventura queda reducida a lo psicológico, a un humor del organismo, a un vapor del cerebro, a la locura de Alonso Quijano.

La  novela realista es esta manera oblicua de vivir lo imaginario. Pero necesita de la novela fantástica, de los libros de caballerías. Así lo imaginariamente real necesita lo imaginariamente fantástico. La novela necesita del espejismo de los gigantes, para hacérnoslos ver como molinos. De este modo la realidad y lo actual, indirectamente, como crítica del mito, se convierten en sustancia poética, reabsorbiendo lo ideal. Y la poesía realista acompaña melancólica al mito en su caída.

¡Pero también justicia y verdad son espejismos que se producen en la materia, gigantes buenos elevados sobre los fantoches de nuestras mentiras y nuestras injusticias cotidianas!... Los grandes ideales culturales y la cultura misma, esa vertiente ideal de las cosas, es también un espejismo, una ilusión, pero una ilusión necesaria, complementaria. Además, como Antonio Machado, uno puede renunciar a la gloria del héroe y seguir amando "los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles como pompas de jabón".

Aunque lo querido sea irreal, la querencia de Don Quijote es real. Si la idea triunfa y renuncia a la realidad, vivimos alucinados. Pero la realidad sin idea carece por completo de sentido y, peor, no puede ser reformada. Cervantes reconoce que la cultura es lo noble, claro y aspirante -lo utópico, diríamos nosotros-, pero, ¡ay!, es una ficción.

"Recuerdos y promesas es la cultura, pasado irreversible, futuro soñado.
Mas la realidad es un simple y pavoroso 'estar ahí'. Presencia, yacimiento, inercia. Materialidad" (o. c. 387).

Según Ortega, el tema poético de la realidad nace fuera de la literatura. Su origen es el mimo, la comedia. Como Cervantes, echa mano Aristófanes de las gentes que halla en las plazuelas, para burlarse de ellas, de Sócrates en Las Nubes. De la comedia -piensa Ortega- nacerá también el diálogo, en el que Platón también describe lo real y se burla de lo real, apoyándose en un interés extrapoético, científico. La novela moderna nace, pues, llevando dentro el aguijón cómico.

Héroe es, precisamente, el hombre decidido a no contentarse con la realidad, a no transigir ni negociar con la circunstancia, obstinado en ser sí mismo y cuya vida es una perpetua resistencia a lo acostumbrado. Sufre extraordinariamente por ello. Don Quijote es un héroe de la voluntad de aventura. Su alterego es ese villano que desconoce el estrato de la vida en que ésta ejercita actividades suntuarias, superfluas, ideales, el plebeyo cuyas acciones son meras reacciones y no verdaderos actos creativos, actos de voluntad.

El Caballero de la triste figura es un héroe trágicómico, héroe y orate a la vez. Su historia satisface al lector porque todos llevamos a un caballero y a un plebeyo dentro, y la vulgaridad del segundo nunca nos irrita tanto como las pretensiones del primero. De lo sublime a lo ridículo, de la fatuidad del reformador a su encontronazo con la dura realidad..., no hay más que un paso. Y entonces se pone de manifiesto la "mixtificación" de la "nueva política", la endeblez del presunto héroe, la inutilidad de sus viejas recetas redentoras y la estafa de sus bálsamos milagrosos.

La comedia vive por tanto sobre la tragedia, la parasita; así como la novela vive sobre la épica a la vez que la critica. La comedia es una reacción conservadora contra el utopismo del reformador, y así nació en Grecia, como reacción contra los trágicos y filósofos que querían introducir dioses nuevos y nuevas costumbres.

"La comedia es el género literario de los partidos conservadores"
"De querer ser a creer que se es ya, va la distancia de lo trágico a lo cómico" (o. c. 396).


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