lunes, 19 de mayo de 2014

Kant y la ética civil

Kant no sólo representa una extraordinaria síntesis de su época, la Ilustración, sino que es un clásico indiscutible de la modernidad, y su sombra, además, se proyecta hacia el futuro, con sus ideales de compromiso humanitario, perfección moral, educación para la autonomía, y con su apuesta por políticas internacionalistas que garanticen la paz perpetua y el equilibrio entre seguridad y libertad. 

Su filosofía no es sólo expresión de la emergencia histórica de la burguesía. Su ética apunta más allá, hacia una ética cosmopolita, que elimine todo privilegio. Por eso, una "máxima" práctica sólo puede valer como ley ética si puedo pensar razonablemente que sea universalizable, si es razonable que pueda ser querida y aplicada por cualquier criatura racional, incluso si ésta es extraterrestre. Saber querer, he ahí la cuestión capital que casi todos desconocen.

Las gentes del "Antiguo Régimen", procedentes de una Edad Media violenta, militarizada, no tenían un concepto de la naturaleza humana en general. Estaban los nobles y los plebeyos, clérigos y seglares, cristianos e infieles, "nosotros" y los "otros". Pero ahora se trata de proponer como deber -como obligaciones y derechos- algo que valga para cualquier criatura racional, con tal de que renuncie a ser guiada por otro y asuma la responsabilidad de decidir cómo realizar la humanidad en sí misma.

Tal vez la capacidad creativa de Europa sea un efecto de sus profundas contradicciones íntimas: Jerusalén, Atenas y Roma, centros espirituales de culturas distintas, profética una, racionalista otra, pragmática, supersticiosa y cruel, la tercera… Por otra parte, está el aristocratismo griego, la apuesta por la areté, por la virtus, por la excelencia, frente al comunitarismo cristiano, la apuesta por la fraternidad, la misericordia y la dignidad de los “pobres del espíritu”.

El oxímoron de insociable solidaridad, o de sociable solidaridad, que sirve para simbolizar el antagonismo creativo de los humanos, explorado por Kant en su progresista metafísica de la historia, expresa muy bien algunas facetas de dichas contradicciones. La Reforma luterana suponía un desafío frente al aristocratismo, desde el lado nivelador de una interpretación del mensaje cristiano que tendía a hacer de todos los seres humanos siervos de Dios.


Si bien Kant es incomprensible sin el impulso democratizador de la Reforma, está ya muy implicado en un proceso de secularización, en la línea del deísmo de Voltaire. La ética civil es la verdadera religión o, dicho de otro modo, sólo del hecho de que nos comportemos dignamente se sigue la esperanza de la gloria celestial. La ética debe así marcar sus límites racionales a la religión. Fin de la certidumbre metafísica, "Dios" es el nombre de un ideal, de un supuesto, de un postulado, de una dulce esperanza. La antigua vida religiosa se convierte paulatinamente en civilidad, la providencia, en ese "secreto designio de la naturaleza" que impulsa el progreso humano, por más que este no sea lineal: un paso adelante, dos atrás, cuatro adelante... Considerada globalmente la historia humana es un proceso hacia mejor, explica Kant, y el desarrollo técnico, si no va acompañado de progreso moral, es mera "lentejuela miserable".

Bien, sustituyamos la caridad por el civismo, aun entendido como "solidaridad", ¿cómo evitar entonces que el humano se convierta, de “siervo de Dios”, en “siervo del Estado"? El despotismo ilustrado, cuyo paradigma es para Kant el gobierno del gran Federico II de Prusia, sin ir más lejos, debe abrirse a un uso libérrimo de la razón, pues la misma razón, al usarse públicamente, se limita a sí misma. "Pensad todo lo que queráis, pero obedeced". Uno puede poner en duda públicamente ("uso público de la razón") las leyes que debe cumplir como funcionario del Estado o como ciudadano ("uso privado de la razón"). Para la distinción entre "uso público" y "uso privado" de la razón, reléase el magistral artículo "Respuesta a la pregunta: Qué es la Ilustración" (1784). 

Uno puede y debe cambiar las leyes si éstas no son universalizables, es decir, justas. Es posible que, en este sentido, la renovación de la crítica política que Kant nos ofrece propicie una genuina democracia. Sólo valdrá un orden social que pueda acoger a toda la Humanidad. Ésta sería la versión civil del imperativo categórico, pues la universalización de la conducta es el único criterio de bondad.

Kant elimina así toda forma privi-legiada de conducta. Actuamos bien si, y sólo si, podemos dar razón de cuanto hacemos, si podemos persuadir a otros, en un diálogo racional, de que hemos actuado correctamente. Puede que la autoridad legal pueda imponer obediencia, pero también ella debe explicar y justificar por qué la exige. Cada ser humano debe dar razones, pero también exigir razones.



Nadie que actúe sabiendo que tiene razones para hacerlo así o "asao" actúa de una forma forzada o violenta. La condición principal de un comportamiento igualitario y libre es la autonomía, esto es, la ilustración, la educación cívica. Pero a Kant no se le escapa que su condición más perentoria es la autonomía económica, esto es, la capacidad de uno para sostenerse a sí mismo con el fruto de un trabajo reconocido. Uno no puede ser autónomo políticamente si no ejerce un oficio del que pueda vivir económicamente, un oficio reconocido socialmente como tal.

Es autónomo aquel que está en condiciones de desarrollar todas sus capacidades. Aquel que está en condiciones de actuar de tal manera que la humanidad misma sea para él un fin final. De ahí la formulación más simple del imperativo categórico: ‘perfice te!’, ¡perfecciónate! En Kant, esta exigencia remite a la virtus, a la excelencia formal, estoica sobre todo. Kant no nos dice qué tenemos que hacer para perfeccionarnos. Su ética no es una ética "material" (con contenido), sino formal (sin contenido). La determinación concreta de lo que es bueno es cosa nuestra y supone, naturalmente, un cierto conocimiento racional de nuestras aptitudes personales, que son muy distintas, y un uso práctico y responsable de la razón en todo cuanto hacemos.

La dignidad es el fin ético del uso práctico de la razón, la felicidad su fin natural, técnico o pragmático. Kant acepta el dramatismo cristiano de una no adecuación mundana, terrenal, de virtud y felicidad… En este mundo, no siempre la virtud resulta recompensada o la maldad castigada. Pero sólo la voluntad puede ser absolutamente buena, precisamente porque existe también la mala voluntad, que no es simplemente -como pretendían los socráticos- fruto de la ignorancia. Nuestra libertad es tan grande y peligrosa que uno puede hacer el mal a sabiendas.

Por naturaleza no buscamos la dignidad, más bien estamos naturalmente dispuestos a sacrificarla muchas veces por causa de la felicidad; o por comodidad y miedo, eligiendo ser heterónomos (depender de otros) en lugar de ser autónomos y libres... "Felicidad" -explica Kant- es aquella forma de existencia que recibe por parte del sujeto que vive una bendición total. No es, por consiguiente, más que el nombre de un desideratum, el contenido último de una ética material (y no formal, como es la de Kant)... 

El hombre, la mujer total, serían, desde luego, el hombre y la mujer felices. Pero esto no es más que un ideal trascendente. En el ideal de la razón pura, en la idea de Dios, halla la razón, al margen de la experiencia, esa síntesis de virtud y dicha que nadie encuentra del todo en su existencia terrenal y finita. Sólo en lo infinito se dan la mano la dignidad y la felicidad, igual que la maldad y la desdicha.

Igual que la paz perpetua y un orden internacional sometido a derecho es el logro que más tardíamente conseguirá la raza humana, la tarea ética personal es una ruta infinita que está siempre por culminar y que por ello exige la inmortalidad del alma, pues nunca alcanzará el alma su perfección... A ese "siempre" exigido por la razón en su uso práctico, fundamento de la esperanza, se sobrepone el ahora en el que el hombre menos desgraciado es aquel que no desprecia ninguna de sus dimensiones: ni la animalidad fenomenológica, ofrecida a la sensibilidad, ni la espiritualidad inteligible (nouménica).

La primacía del uso práctico de la razón también decreta que no hay ninguna garantía transmundana, ningún derecho al Paraíso. Pero el Estado, la cosa pública (Res publica), debe ordenar la propiedad y el trabajo de modo que cualquiera pueda luchar por su autonomía, aunque ésta no esté garantizada para nadie. Para Kant, un liberal individualista, la responsabilidad última de acceso a esta autonomía es del sujeto personal, y por tanto depende de su tesón, talento, fuerza y esfuerzo.

No obstante, Kant reconoce, como buen cristiano, los mandamientos básicos de la alteridad: 1º, haz felices a los demás; 2º, desarrolla todas tus disposiciones. Aunque no se pueda obligar a nadie a amar. La práctica de la benevolencia forma parte de la formalidad del imperativo categórico, incluso frente al misántropo, y el Estado debe asumir los ideales de la benevolencia como propios. Pero sin embargo nadie puede hacer autónomos a los demás contra su voluntad.  Así, si alguien se comporta como un gusano y desprecia la libertad y la responsabilidad subsiguiente, si alguien, aun pudiéndolo ser,  se comporta como una criatura no racional, no podrá quejarse porque se le pise o se le aparte como a una alimaña.

Desgraciadamente, los Estados que Kant conoció -y también, aunque en menor medida los que hoy disfrutamos y padecemos- realizaban la vida pública en la opacidad y no en la publicidad (transparencia): secretos, oscurantismo, recursos despilfarrados en guerras inútiles.... Trataban así a sus ciudadanos como súbditos, como menores de edad, cuando no como carne de cañón. Es aquí donde Kant señala la contradicción entre la razón ética y la razón de Estado.

Es interesante repasar la antropología del gran maestro de Königsberg, porque ésta completa su Metafísica de las costumbres. Así, en ella, el criterio para saber si una actividad me perfecciona es..., ¡la alegría!, aquello que Spinoza definió como algo que crece y reverbera por sí mismo. Con ella acabo.

Cuestionario

1. ¿Por qué Kant es un clásico indiscutible?
2. ¿Cuáles fueron sus ideales éticos y políticos?
3. ¿Por qué propone una ética cosmopolita?
4. ¿Cuándo una "máxima práctica" deviene "ley ética"?
5. ¿Qué importancia ética tiene la noción de "naturaleza humana" en general?
6. ¿Qué entiende Kant por "insociable sociabilidad" de la naturaleza humana?
7. ¿Por qué ese oxímoron expresa las históricas contradicciones de nuestra cultura?
8. Explique la relación entre la Reforma protestante y la ética civil kantiana?
9. ¿En qué sentido cree Kant en el progreso histórico?
10. ¿Cómo supera Kant el despotismo ilustrado?
11. Distinga entre "uso público" y "uso privado" de la razón (v. Respuesta a la pregunta: Qué es la Ilustración, 1784) 
12. ¿Cómo elimina Kant toda forma privi-legiada de conducta?
13. Explique el principio de autonomía de la razón en la ética kantiana. ¿Por qué supone la superación de la "minoría de edad"?
14. Cuál es la formulación más simple del imperativo ética kantiano. Añada otras formulaciones.
15. ¿Por qué la ética kantiana no es "material", sino "formal"?
16. ¿Cuál es el fin ético del uso práctico de la razón?
17. ¿Cuál es el fin pragmático (utilitario) del uso práctico de la razón?
18. ¿Por qué sacrificamos a veces la dignidad? ¿Es esto ético? ¿Puede ser práctico?
19. ¿Qué función tiene el postulado kantiano del ideal de la razón pura (Dios)?
20. ¿Qué relación guarda el postulado de la inmortalidad del alma con la infinitud de la tarea ética?
21. ¿Cómo funda razonablemente Kant la esperanza de salvación?
22. ¿Por qué es Kant un liberal individualista?
23. ¿Es obligatorio éticamente el amor? Distinga entre amor y benevolencia. ¿Es obligatoria la benevolencia?
24. ¿Cómo podemos evitar que el Estado rebaje a sus ciudadanos a súbditos, tratándoles como menores de edad?
25. ¿Cuál es el criterio antropológico para saber si una actividad me perfecciona, o sea, es buena para mí? Relacione esto con el valor de "tener un oficio" en la ética kantiana.

Para saber más

Una interesante comparación entre las posiciones éticas de Kant y las de Nietzsche, con alusión a la famosa apuesta de Pascal a favor de la creencia en la existencia de Dios, en la siguiente entrada de SENDEROS: "La nueva apuesta de Pascal: Kant y Nietzsche".

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